lunes, 9 de febrero de 2009

La Partida

Mamá una vez mas diciéndome: -Siempre a último momento! Ya te dije un millón de veces: Armá la valija temprano… Pero no! Qué soy una loca! Qué no me meta! Qué lo deje tranquilo! Ahora miralo, no puede cerrarla… Pero qué llevas ahí? (Respiro y me dispongo a dar un salto arriba de la valija y logró por fin cerrarla) ¿Quién llama ahora? Ay Doña Adriana! ¿Cómo está?... y aquí triste se me va el chango, el Ricardo se me lo va para Alemania…
Saco las valijas y las pongo en la puerta de casa. Me tiembla todo y mamá no para de llorisquear, yo intento no mirarla y aprovecho a saludar a los últimos vecinos y parientes que habían desfilado durante todo el día para despedirme y darme sus recomendaciones: Que esconda la plata porque seguro me la roban cuando esté en Buenos Aires. Que me tatúe la visa en la frente porque hay muchísima discriminación y vos sos morocho y allá son todos rubios. Que lleve abrigo porque la gente se esta muriendo del frío ¡Ya hay tres muertos! Que tenga cuidado con los psicópatas, porque ahí son todos malos, malos. Que no me junte con los turcos porque siempre andan en cosas raras. Que tenga cuidado con lo que comen los ponjas. En fin una lista enorme de recomendaciones que no hacían más que hacerme abrir los ojos y tragar saliva…
Papá llego y subió mis cosas en el auto y por detrás todos nosotros; hasta la chuli, nuestra perra, parecía entender el silencio que llevábamos todos en ese viaje camino a la Terminal de ómnibus.
Cuando llegamos, ya estaban esperándome mis amigos ¡Qué caras teníamos todos! No podíamos disimular nada… Demasiado tiempo se leía en nuestros ojos… Pero nos conformábamos diciendo un año pasa volando.
Era la hora; mamá rompió en llanto y no dejo escapar una palabra, cosa rara en ella. Papá y mi hermano parados en el andén como si estuvieran haciendo guardia, como los policías que eran ¡Duros! Pero con los ojos brillosos. La chuli en los brazos de mamá movía la cola como no entendiendo nada. Y mis amigos, la familia que había elegido, me hacían saber con sus abrazos el vacío que dejaba.
Arrancó el colectivo que me llevaría a Buenos Aires; lo último que vi fueron los carteles que me hicieron y que decían: Buen Viaje! Te queremos! Bienvenido! Esa última palabra me quedo sonando todo el camino mientras que con cada minuto me alejaba mas y mas de mi Tucumán.

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